Directora Centro de Biotecnología de Sistemas
Universidad Andrés Bello
Entre 2001 y 2016, Chile tuvo en sus manos una de las apuestas tecnológicas más lúcidas que haya hecho su industria minera: hacer viable la biolixiviación de calcopirita, la fuente de cobre más abundante del planeta y, al mismo tiempo, la más difícil de tratar. No era una apuesta táctica ni de corto plazo. Era, correctamente, una decisión estratégica.
Se trataba de uno de los mayores desafíos metalúrgicos del siglo XXI. Para ello se recurrió a BioSigma, filial de Codelco a cargo de desarrollar nuevas tecnologías de biominería que permitieran utilizar microorganismos para extraer cobre desde este tipo de depósitos minerales, donde el metal rojo se encuentra principalmente en forma de sulfuros.
La inversión total fue del orden de US$ 115 millones en quince años. US$ 15 millones se destinaron íntegramente a investigación y desarrollo aplicado y los otros US$ 100 millones a escalamiento para alcanzar un piloto industrial.
Con esos recursos se avanzó desde ciencia básica hasta validación industrial completa, pasando por pruebas piloto en las divisiones Chuquicamata y Andina de Codelco, hasta alcanzar TRL9 en Radomiro Tomic, es decir, la tecnología lista para su implementación comercial.
Esta tecnología demostró 50% más de recuperación de cobre que una biolixiviación convencional. En términos tecnológicos, el objetivo se cumplió. En términos estratégicos, el país no estuvo a la altura de su propio éxito.
A fines de 2016 Codelco fusionó BioSigma con otras dos filiales tecnológicas para conformar CodelcoTech, la que finalmente cerró en 2020. La razón de la fusión no fue técnica ni económica en sentido estructural. Fue coyuntural. La caída del precio del cobre entre 2012 y 2016, terminó imponiendo una lógica de corto plazo en una iniciativa que, por definición, requería convicción y continuidad. Se midió una tecnología transformacional con el prisma del precio spot. Y eso, en innovación basada en ciencia, es una receta segura para perder liderazgo.
Las apuestas de largo plazo no se evalúan cuando el mercado castiga, sino cuando el mercado vuelve a necesitar exactamente aquello que se dejó de desarrollar. Y eso es lo que hoy queda en evidencia. En diciembre pasado, la empresa minera multinacional Rio Tinto anunció en Estados Unidos que, mediante su tecnología Nuton, está extrayendo cobre desde calcopirita usando biolixiviación. El mismo problema. La misma solución. Veinte años después. Con una diferencia clave: persistencia estratégica.
Rio Tinto entendió que la transición hacia minerales de baja ley, la dominancia de la calcopirita y las restricciones ambientales no eran una moda, sino un cambio estructural. Apostó cuando no era evidente. Sostuvo la inversión cuando no era popular. Esperó cuando otros abandonaron. Hoy capitaliza.
Chile, en cambio, llegó primero, probó primero y validó primero, pero no fue capaz de sostener su propia apuesta. Esta historia no es un ajuste de cuentas con el pasado. Es una advertencia hacia el futuro. Sin visión de largo plazo, la ciencia aplicada no se convierte en ventaja competitiva. Y sin convicción estratégica, incluso llegar a TRL9 puede no servir de nada.

Leave a Reply