- Investigadores analizaron biopsias de piel y presas en los fiordos de la Patagonia chilena para medir metilmercurio y elementos traza.
- El estudio demuestra que las diferentes estrategias y tipos de alimentación modifican la exposición a contaminantes entre especies.
- Es el primer trabajo integrativo en el Pacífico Sudeste que combina modelos de dieta con carga de contaminantes en cetáceos vivos.
Una nueva investigación, publicada en la prestigiosa revista Environmental Pollution, muestra que no todas las ballenas enfrentan el mismo riesgo frente a los contaminantes: sus estrategias de alimentación influyen en cómo incorporan metilmercurio y otros elementos traza presentes en la red alimentaria.
Santiago, martes 29 de septiembre de 2026. ¿Qué ocurre con los contaminantes presentes en el océano cuando pasan de un organismo a otro a través de la cadena alimentaria? Una nueva investigación realizada en los fiordos de la Patagonia chilena entrega pistas sobre esta pregunta a partir del estudio de dos de los animales más grandes del planeta: la ballena azul (Balaenoptera musculus) y la ballena jorobada (Megaptera novaeangliae).
El trabajo, publicado en la prestigiosa revista Environmental Pollution, evaluó cómo el metilmercurio, la forma más tóxica del mercurio, y otros ocho elementos traza —aluminio, arsénico, cadmio, hierro, litio, manganeso, selenio y zinc— se transfieren a través de la trama trófica marina que sustenta a estas especies.
El estudio se realizó en el golfo Corcovado y los canales Moraleda y Puyuhuapi, importantes lugares de alimentación para cetáceos durante el verano austral. Asimismo, los fiordos de la Patagonia chilena presentan condiciones de alta productividad marina asociadas, entre otros factores, al afloramiento estacional y al aporte de agua dulce. Estas condiciones favorecen la presencia de grandes concentraciones de eufáusidos, langostinos y pequeños peces pelágicos que sustentan las redes alimentarias de diversas especies de ballenas.
Para reconstruir sus dietas y conocer su exposición a contaminantes, los investigadores analizaron biopsias de piel obtenidas de ballenas vivas, junto con muestras de sus presas potenciales, entre ellas zooplancton, krill y langostino de los canales (Grimothea gregaria). Además, utilizaron isótopos estables de carbono, nitrógeno y azufre, herramientas que permiten identificar con mayor precisión qué comen los animales y el lugar que ocupan dentro de la trama alimentaria.
El trabajo fue liderado por la candidata a doctora, Andrea Hirmas, investigadora de la Universidad Mayor (UMayor). “Este estudio nos muestra que las ballenas no se exponen de igual manera a los contaminantes, dado que lo que comen y cuánto comen modifica esa exposición. Cuando combinamos las biopsias con el análisis de su dieta, podemos aportar una visión más completa de cómo los elementos traza se transfieren a través de las tramas tróficas. Los resultados nos permiten comenzar a levantar una base científica sobre las concentraciones de contaminantes que podemos encontrar y aportar al monitoreo y conservación de estos grandes cetáceos en la Patagonia chilena”, asegura la científica.
“Este es el primer estudio integrativo en el Pacífico Sudeste que combina modelos de dieta basados en isótopos estables con la carga de contaminantes en ballenas barbadas vivas, utilizando biopsias no letales”, explica el Dr. Gustavo Chiang, subdirector del Anillo de Investigación en Ciencia Antártica, ICEMELT, financiado por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID) y autor correspondiente del trabajo. “Nuestro principal aporte fue demostrar que las estrategias de forrajeo específicas de cada especie median de manera distinta el riesgo de exposición a contaminantes, incluso en un ecosistema relativamente prístino como los fiordos patagónicos”, asegura el académico de la Universidad Mayor (UMayor).
Dos estrategias de alimentación
El estudio evidenció que la exposición a contaminantes no es igual para todas las especies y que la forma en que se alimentan las ballenas puede influir en los contaminantes que incorporan.
La ballena azul presentó una alimentación principalmente asociada al consumo de eufáusidos o krill, organismos que constituyen una parte fundamental de su dieta. Debido a sus enormes requerimientos energéticos, estas ballenas necesitan consumir grandes cantidades de presas diariamente. La ballena jorobada, en cambio, posee una dieta más amplia, que incluye krill y presas de niveles tróficos superiores, como langostinos de los fiordos y pequeños peces pelágicos. Esta diferencia se relacionó con una mayor acumulación de metilmercurio en las ballenas jorobadas, asociada a su alimentación más diversa y a un mayor consumo de presas de niveles tróficos superiores.
Al mismo tiempo, las ballenas azules presentaron una mayor ingesta diaria absoluta de varios elementos traza, debido principalmente a la enorme cantidad de alimento que necesitan consumir cada día. De esta manera, el estudio muestra que el riesgo de exposición a contaminantes puede variar entre especies incluso cuando ambas utilizan el mismo ecosistema para alimentarse.
Los resultados también revelaron una situación menos evidente. Aunque la ballena jorobada presenta una mayor concentración de metilmercurio en su tejido, la ballena azul puede ingerir una cantidad diaria mayor de algunos elementos contaminantes, debido a su enorme demanda energética y al volumen de alimento que necesita consumir. Las estimaciones utilizadas en el estudio indican que una ballena azul puede ingerir cerca de 16 toneladas de presas al día, mientras que una ballena jorobada consumiría alrededor de 9 toneladas diarias.
Esto genera una aparente paradoja: la jorobada presenta una mayor concentración de metilmercurio en su tejido, pero la ballena azul puede incorporar una mayor cantidad absoluta de algunos elementos —como aluminio, selenio y zinc— debido a la enorme cantidad de alimento que consume.
Los resultados entregan una línea base para futuros estudios sobre la salud de estos grandes cetáceos, especialmente frente al aumento de las presiones humanas sobre los ecosistemas marinos, como el cambio climático, las pesquerías y el turismo.
El artículo científico se encuentra disponible aquí. Más información en www.icemelt.cl


