Jefe de magíster en Educación Matemática, Universidad de Los Lagos
Hay algo en el desarrollo científico, y especialmente en la matemática, que siempre me ha fascinado: la capacidad de hacerse preguntas. Preguntas que muchas veces parecen ingenuas, casi infantiles. Sin embargo, esa aparente ingenuidad es precisamente la que abre el camino al descubrimiento.
Hacer preguntas simples, de esas que nacen de la curiosidad más genuina, es una actividad que solemos asociar a los niños. Pero en la ciencia y en la matemática, esa actitud es fundamental. Es la disposición a mirar lo cotidiano con asombro y preguntarse por qué las cosas son como son.
Por eso la matemática puede convertirse en un hermoso pasatiempo que atrapa. No solo por sus resultados o por su abstracción, sino porque en ella se esconde una forma particular de belleza: la belleza de las ideas que nacen de una pregunta sencilla y que, al desarrollarse, revelan estructuras profundas del mundo.
En ese sentido, hacer matemáticas es, en el fondo, conservar viva la curiosidad de la infancia.
En este contexto quisiera referirme al Día de la Matemática, una fecha que poco a poco ha tomado mayor relevancia en distintos lugares del mundo: el Día del número π (pi).
Esta conmemoración se celebra el 14 de marzo, una fecha que simbólicamente alude a la aproximación más conocida del número π: 3,14. De este modo, el mes tres y el día catorce se convierten en una pequeña metáfora matemática que recuerda la presencia de este número fundamental en múltiples áreas de la ciencia.
El número π aparece cuando estudiamos los círculos, las ondas, los movimientos y numerosos fenómenos de la naturaleza. Pero más allá de su valor numérico, también simboliza algo muy propio de la matemática: la búsqueda constante por comprender y aproximarnos a lo infinito.
De hecho, π representa también un momento clave en la historia del pensamiento matemático. Cuando los matemáticos intentaron comprender la relación entre la circunferencia y su diámetro, descubrieron que ese número no podía expresarse como una fracción exacta. Así emergió la idea de inconmensurabilidad, es decir, la existencia de números que no pueden representarse como razón entre enteros: los llamados números irracionales.
En ese sentido, π no es solo un número famoso, sino también un símbolo de cómo la matemática ha ampliado nuestra forma de pensar los números y el mundo.
Por eso el Día de π no solo celebra un número. Celebra también la curiosidad, la creatividad y la belleza que habitan en la matemática.
Pero quizá lo más importante sea preguntarnos cómo mantenemos vivo ese asombro en nuestro tiempo cuando hay tanto uso de tecnologías de la información e Inteligencia artificial. A veces pensamos que la ciencia nace únicamente en los laboratorios o en complejos cálculos, o que pertenece a gente con batas de laboratorio y cabello desordenado. Sin embargo, muchas veces comienza con algo tan simple como mirar al cielo y observar cómo se mueven las nubes, y preguntarnos por qué sucede lo que vemos. Soñar con la ciencia empieza allí, en esa capacidad de detenernos y mirar el mundo con curiosidad.
En ese proceso, el diseño que realiza el profesor es fundamental. Diseñar experiencias de aprendizaje que despierten preguntas, que inviten a observar, imaginar y explorar, es una tarea profundamente creativa. No se trata solo de enseñar contenidos, sino de crear condiciones para que el asombro vuelva a aparecer.
Por ello, la capacidad de diseño del profesorado debe ser reconocida y valorada, porque es precisamente allí donde muchas veces nace el primer encuentro de los estudiantes con la belleza de la matemática y de la ciencia.
Tal vez, en el fondo, celebrar el Día de π sea también celebrar algo más profundo: la capacidad humana de seguir preguntando cosas sencillas y mirar con asombro al mundo que nos rodea.