
Por Francisco Farías.
Los primeros días de todo gobierno son, por definición, incómodos. Se cruzan expectativas sobredimensionadas, equipos que aún no terminan de cuajar y una oposición que busca instalar desde el minuto uno la idea de error o improvisación. Es el momento más expuesto, donde cada palabra pesa más de lo que debería y cada descoordinación se amplifica.
El inicio del gobierno de Kast no ha sido la excepción. Hemos visto un despliegue rápido de agenda, con señales claras en seguridad y economía, pero también tensiones propias de un gabinete con figuras fuertes, estilos marcados y convicciones firmes. Algunos lo interpretan como desorden. Yo lo leo distinto: como el costo natural de pasar desde la teoría a la ejecución.
Porque gobernar no es comentar. No es opinar desde la vereda de enfrente ni escribir columnas con soluciones perfectas. Gobernar implica tomar decisiones reales, con costos reales, en escenarios complejos. Y en ese tránsito, es inevitable que aparezcan fricciones.
Ahora bien, el punto clave no es si hay tensiones. El punto es qué se hace con ellas.
Si este gobierno logra ordenar su comité político, alinear vocerías y transformar esas diferencias en una coordinación efectiva, entonces lo que hoy parece ruido se convertirá en músculo. Un gabinete con carácter, bien conducido, no es un problema: es una ventaja competitiva.
Además, hay algo que no se puede perder de vista. Más allá de las polémicas del día a día, existe una dirección clara: recuperar el orden, reactivar la economía y devolver certezas a un país que lleva años tensionado. Esa claridad, bien ejecutada, tiene un potencial enorme.
Chile no necesita gobiernos silenciosos. Necesita gobiernos que funcionen. Y eso toma tiempo.
Por eso, más que quedarse atrapado en el titular de la semana, conviene mirar el proceso completo. Los primeros días no definen un gobierno. Lo que lo define es su capacidad de corregir, de ordenar y de avanzar.
Si eso ocurre —y están dadas las condiciones para que ocurra—, entonces la lectura cambia completamente.
Porque en política, como en los negocios y en la vida, los arranques rara vez son perfectos. Lo que importa es cómo se construye después. Y en este caso, pese al ruido inicial, todo indica que lo mejor aún está por venir.
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