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La regeneración es una inversión para la vida

En la última COP28, los frenos y preocupaciones de adoptar sistemas y prácticas sustentables parecían ser los mismos que hace varias décadas atrás: poner en riesgo la economía. ¿Seguimos frenando la adopción de prácticas sostenibles más ambiciosas para no poner en riesgo la economía? Si es así, la perspectiva económica necesita ordenar sus prioridades.

Un estudio reciente publicado la semana pasada por el Instituto Potsdam para la Investigación del Impacto Climático, y respaldado por el gobierno alemán, calcula que los daños del cambio climático a la agricultura, salud, productividad e infraestructura costarán unos 38 billones de dólares anuales de aquí al 2050. En paralelo, los economistas aún no logran ponerse de acuerdo sobre el alcance del cambio climático, o determinar el impacto económico que conlleva. Entonces, ¿qué se está protegiendo exactamente?

La economía debe entender que: el único negocio que, además de ético, es rentable a la larga, es el de invertir en la vida, en este caso, de todo el planeta que habitamos. Esta semana celebramos el Día de la Tierra, como lo hemos hecho hace un poco más de cincuenta años, para recordarnos sobre la importancia de preocuparnos por el estado de salud del planeta. Lo que se debe hacer distinto, es dejar de recordarlo pasivamente y tomar acciones al respecto.

Una de las prácticas discutidas en la COP28 que buscan la protección de la Tierra es la regeneración, que surge en el marco de entendimiento de que nuestra forma actual de obtener recursos, para su posterior uso en la producción, no permite o retrasa significativamente la renovación natural de la tierra, lo que deriva en el agotamiento sostenido de recursos.

Si bien no es la única solución existente, la adopción de prácticas regenerativas resalta como el siguiente paso evolutivo en la sustentabilidad. Nos permite dar prioridad a la restauración y, al mismo tiempo, mejorar las funciones de los ecosistemas y apoyar la capacitación y medios de vida de los agricultores.

Una práctica opuesta a la regeneración es el monocultivo, que en su momento se planteó como un fuerte impulsor de la economía, pero más allá de eso, implica un costo mayor por su efecto agravante en el cambio climático. En Chile, las plantaciones forestales abarcan 3,1 millones de hectáreas, de las cuales el 93% son monocultivos de pino o eucaliptos. Estos monocultivos forestales son un emisor neto de CO2, impiden el balance de gases de efecto invernadero y nos alejan de la carbononeutralidad. Además, han sido los más afectados por los incendios forestales debido a la alta inflamabilidad de las especies monocultivadas.

La agricultura regenerativa rompe con este sistema y surge como la mejor solución que hemos podido encontrar al problema. El innovador proyecto SAF Dendê en Pará, Brasil, permitió comprobar que el cultivo de la palma, por ejemplo, cuyo aceite es el más usado en el mundo y en la industria cosmética, sí se puede cultivar de forma sostenible para el suelo.

El principal problema, es que su producción se asocia históricamente al monocultivo, responsable de la deforestación de selvas tropicales, la pérdida de la biodiversidad, la contaminación por la emisión de gases de efecto invernadero y la contaminación del suelo por el uso de agrotóxicos. Al cultivar la misma especie repetidamente en un área, se agotan los nutrientes específicos del suelo que esa planta necesita para crecer. Esto puede llevar a la disminución de la fertilidad del suelo y a la necesidad de utilizar fertilizantes para mantener la productividad.

Tras doce años de investigación, SAF Dende, el primer sistema agroforestal de palma del mundo permitió comprobar que la palma puede ser cultivada con otras especies y ser rentable para el agricultor dado que permite la cosecha en simultáneo de diferentes especies además de la palma. El proyecto demostró ser viable financieramente, ya que la presencia de múltiples especies en el SAF hace que el retorno financiero para el productor sea más rápido. Al apuntar a un hábitat más diverso y natural, se logró mejorar la salud del suelo y reducir la promoción de plagas.

El monocultivo fue una elección económica, la regeneración es una inversión para la vida, es decir, para el planeta y las futuras generaciones. Si no optamos por prácticas sostenibles disruptivas para mitigar el cambio climático, para proteger el balance económico, debemos tener claro que las consecuencias de mantener esta prioridad afectarán a la economía global, sea como sea. Además, si llega el fin de nuestro planeta, no habrá economía que proteger. Es clave para nuestro futuro que como sociedad, empresas y personas adoptemos este cambio de perspectiva.

Por Gustavo Cruz de Moraes,
Gerente general de Natura y Avon Chile

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