Colocar en la palestra la importancia de eliminar la violencia contra las mujeres implica movilizar a las sociedades para tomar conciencia de que no se trata de casos aislados o de episodios que no se pueden evitar; al contrario, todos somos responsables cuando nos aliamos con el silencio y nos mostramos indiferentes frente a esta realidad. Si las sociedades deciden erradicar la violencia contra las mujeres, aquello nos involucra en este cometido.
El Estado, las instituciones, las mujeres, los hombres, es decir, la sociedad y sus individuos, conjunto inseparable desde el cual se establecen las normas, la cultura, los roles, la división del trabajo, la estructura social, deberían revisar los lazos sociales que propiciamos haciendo prevalecer el respeto, el amor y la instauración de la confianza.
Se subraya que las mujeres de cualquier parte del planeta pueden sufrir violencia de género, ninguna está exenta de esta cruda realidad. Si pensamos en la niñez y la adolescencia, cuya vulnerabilidad se hace más visible debido a la dependencia y consecuente falta de autonomía, la violencia hacia las mujeres es más lamentable, no sólo porque una niña no logrará defenderse, sino porque desde temprana edad se encontrará con una realidad lamentablemente normalizada en la cual prima el odio, siendo complejo para ella detectar los indicadores de violencia y reconocer los modos de denunciar esta dominación, porque la madre, la abuela materna u otras mujeres pertenecientes al sistema familiar, así como también el padre, los hermanos y los tíos, por ejemplo, le transmiten que esto no se cuestiona.
Frases, tales como: “no fue para tanto”, “si no hay golpes no hay violencia”; constantes descalificaciones, amenazas, celos, agresiones físicas en escalada, entre otras formas de dominación, son algunos ejemplos de violencia.
La instauración de un día tan importante como el 25 de noviembre, en el que se grita a toda voz que es imprescindible eliminar la violencia contra las mujeres, nos debe llevar a un compromiso “cotidiano” que implique educación, transmisión de valores, justicia oportuna, redes de apoyo y, especialmente, conciencia de que la violencia contra las mujeres de cualquier edad no debe continuar existiendo como si no se pudiera intervenir efectivamente.
Dra. Miriam Pardo Fariña, académica de Psicología UNAB
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