Cada marzo, el Día Mundial de la Vida Silvestre nos invita a detener la mirada en aquello que suele pasar inadvertido bajo nuestros pies. Este 2026, el llamado internacional se centra en las plantas medicinales y aromáticas, un componente crítico de nuestra biodiversidad que no solo sostiene la salud humana, sino que resguarda el patrimonio cultural y los medios de vida de comunidades locales y ancestrales.
En Chile, este vínculo es profundo. Desde el uso del canelo en la cosmovisión mapuche hasta la yareta en el altiplano, nuestra flora es un archivo vivo de conocimientos que han pasado de generación en generación. Sin embargo, este “botiquín natural” enfrenta una crisis silenciosa. La pérdida de hábitats —impulsada por incendios forestales cada vez más voraces, el cambio de uso de suelo para urbanización y monocultivos y el avance implacable del cambio climático— está erosionando no solo las especies, sino el saber asociado a ellas.
Es necesario ser autocríticos: la protección de la vida silvestre en Chile padece un déficit financiero crónico. Mientras la ciencia nos urge a actuar, la realidad presupuestaria nos golpea con cifras alarmantes. En nuestras áreas protegidas, donde se concentra gran parte de este patrimonio medicinal, la inversión anual oscila apenas entre los $586 y $1.200 pesos chilenos por hectárea. Es una cifra irrisoria si pretendemos gestionar seriamente ecosistemas complejos frente a amenazas globales.
Es aquí donde el ecoturismo y el turismo sustentable emergen no solo como actividades recreativas, sino como herramientas estratégicas de conservación. Un turismo bien planificado tiene la capacidad de poner en valor la flora nativa, transformando una “simple planta” en un relato de identidad y salud que el visitante puede comprender y respetar. Al integrar a las comunidades locales y sus conocimientos ancestrales en la cadena de valor, el turismo se convierte en un incentivo económico directo para evitar la sobreexplotación y el cambio de uso de suelo.
Sin embargo, para que el turismo contribuya realmente al financiamiento de la conservación, debe haber una articulación institucional que permita que los beneficios del flujo turístico retornen al territorio. Necesitamos mecanismos de financiamiento más robustos y circulares. El turismo responsable puede ser el motor que genere los recursos necesarios para la vigilancia, la investigación y la restauración de hábitats, aliviando la carga del Estado y empoderando a los territorios.
La vida silvestre no es un decorado; es nuestra infraestructura básica de supervivencia. Conservar nuestras plantas medicinales y sus ecosistemas es, en última instancia, conservar nuestra propia salud y nuestra historia. El desafío para Chile es pasar de la valoración simbólica a la inversión real y la gestión técnica eficiente. Solo así garantizaremos que nuestro patrimonio natural siga siendo el remedio, y no la víctima, de nuestro desarrollo.
Francisco Barriga, Secretario Académico de Administración en Ecoturismo UNAB.