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Incendios forestales: cuando el fuego también amenaza lo que comemos

Estudio internacional advierte que los megaincendios comprometen la seguridad alimentaria, la nutrición y la salud mental.

El devastador incendio forestal registrado este fin de semana en las regiones del Biobío y Ñuble volvió a evidenciar la magnitud de estas catástrofes, que no solo afectan con bosques y viviendas, sin que también están poniendo en riesgo uno de los pilares fundamentales del bienestar humano: la seguridad alimentaria. Así lo advierte la investigación “Impacto de los incendios en la seguridad alimentaria y el acceso a una alimentación saludable”, recientemente publicada en la Revista Española de Nutrición Humana y Dietética (doi: 10.14306/renhyd.29.4.2725).

El artículo reúne a investigadores de España, Chile, México y Colombia, y cuenta con la participación de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC), a través de la Dra. Claudia Troncoso Pantoja, académica de la Facultad de Medicina, nutricionista y doctora en Investigación Gerontológica, quien aporta una mirada desde la salud pública, la nutrición y el impacto social de estas catástrofes.

“La seguridad alimentaria no es solo tener alimentos disponibles, sino poder acceder a ellos de manera estable, segura y nutritiva”, explica la Dra. Troncoso. Desde esa perspectiva, los incendios forestales afectan simultáneamente la disponibilidad, el acceso, la utilización y la estabilidad de los alimentos.

Entre los riesgos más concretos se encuentran la destrucción de cultivos, pastos e infraestructura agrícola, la muerte de ganado y la interrupción de las cadenas de almacenamiento y distribución. A ello se suma un daño menos visible pero persistente: la degradación del suelo, cuya fertilidad puede tardar años en recuperarse.

“Todo esto aumenta el riesgo de malnutrición, especialmente en comunidades rurales que dependen de la producción local. Se reducen los alimentos frescos, suben los precios y se profundizan las desigualdades en salud y nutrición”, advierte la académica de la UCSC.

El estudio también alerta sobre un problema crítico: la contaminación de suelos, agua y alimentos por cenizas y compuestos tóxicos, como hidrocarburos y metales pesados, que pueden ingresar a la cadena alimentaria humana y animal.

“Esto genera una crisis de confianza en los alimentos locales. Muchas personas temen consumir productos de su propio territorio, lo que impacta tanto su nutrición como la economía de las comunidades rurales”, señala Troncoso. Además, estos contaminantes pueden desplazarse a grandes distancias, ampliando el problema más allá de las zonas directamente afectadas por el fuego.

Más allá de lo material, los incendios dejan huellas profundas en la salud mental. Evacuaciones, pérdidas y la incertidumbre respecto del futuro generan ansiedad, insomnio y síntomas depresivos, lo que repercute directamente en la forma en que las personas se alimentan.

“Existe una relación muy estrecha entre salud mental y nutrición. Tras los incendios vemos tanto riesgo de desnutrición como un aumento en el consumo de alimentos ultraprocesados, usados como mecanismo de afrontamiento”, explica la investigadora. A ello se suman los trastornos del sueño, que alteran el metabolismo y aumentan el riesgo de sobrepeso y enfermedades crónicas, configurando una espiral negativa entre estrés, mala alimentación y deterioro de la salud.

A partir de los hallazgos, el equipo investigador propone medidas urgentes y coordinadas, especialmente relevantes para territorios que han vivido incendios reiterados.

Entre las prioridades destacan:

  • Garantizar el suministro de emergencia de alimentos frescos y agua potable, con foco en grupos vulnerables.

  • Evaluar rápidamente el territorio, monitoreando contaminación y estado nutricional, junto con apoyo económico.

  • Integrar apoyo psicosocial y educación nutricional, abordando salud mental y alimentación de forma conjunta.

  • Invertir en reconstrucción agrícola sostenible y gestión forestal preventiva.

“El estudio aboga por un modelo de Salud Global (One Health), que integre la salud humana, el medio ambiente y la producción agroalimentaria. Solo así podremos fortalecer la resiliencia de nuestras comunidades frente a un escenario climático cada vez más desafiante”, concluye la Dra. Troncoso.

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