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Dislexia y la necesidad de transformar la mirada educativa

Sandra Urra Águila

Académica de Educación y Ciencias Sociales

Universidad Andrés Bello

Tanto en educación, como en nuestra vida cotidiana, las instrucciones, avisos, normas y conocimientos se transmiten principalmente a través de la palabra escrita. En este sentido, la dislexia, reconocida clínicamente como un trastorno específico del aprendizaje, representa un desafío profundo que va más allá de las dificultades en precisión, fluidez y comprensión lectora.

El verdadero problema no reside únicamente en la condición neurológica, sino en cómo nuestros sistemas educativos y sociales responden a ella. Al exigir habilidades lectoras avanzadas, a veces incluso por encima de lo esperado para la edad, el entorno puede convertirse en una fuente constante de frustración para estos niños y niñas. El resultado suele ser una disminución de su autoestima, una autopercepción negativa de sus capacidades y la vivencia de una discriminación silenciosa pero constante.

Nuestros espacios están diseñados, en gran medida, desde una perspectiva adultocéntrica y neurotípica. Están pensados para quienes no tienen dificultades para decodificar el mundo letrado. Imagine la experiencia diaria de un niño o niña que no logra descifrar las señales de un entorno que, además, premia la velocidad, la autonomía y el mínimo error. A esto se suma, con frecuencia, la falta de diagnósticos oportunos y de apoyo psicopedagógico especializado.

Esta combinación puede llevar a que un estudiante con dislexia sea injustamente etiquetado como desmotivado o con capacidades limitadas, generando una enorme angustia no solo en el niño, sino en toda su familia. Lamentablemente, muchas comunidades educativas carecen de los recursos y las perspectivas inclusivas necesarias para ir más allá de la estandarización, para crear ambientes que identifiquen y eliminen las barreras al aprendizaje.

La solución no está en “normalizar” al niño, sino en adaptar el entorno a su manera de aprender. Esto requiere una colaboración estrecha entre familias, educadores y especialistas, un diálogo constante que nos permita informarnos, desaprender viejos paradigmas y actualizar nuestras prácticas.

Un cerebro neurodivergente no es un cerebro “defectuoso”; es un cerebro que funciona de manera diferente. La dislexia interpela directamente a la escuela, desafiándola a evolucionar, a replantear sus métodos y a comprender que la verdadera equidad no significa tratar a todos por igual, sino ofrecer a cada estudiante lo que necesita para florecer. Se trata, en definitiva, de hacer efectivo el derecho fundamental a una educación verdaderamente inclusiva y de calidad para todos y todas.

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