Wiñol Tripantu, el retorno del sol en el Biobío

Juan Painequeo Saìnchez (1)Juan Carlos Painequeo, docente adjunto de Interculturalidad del Instituto Tecnológico UCSC Sede Cañete.

Cuando llega el solsticio de invierno no es algo trivial; es un evento astronómico que marca transformaciones profundas en el itrovill mongen (la biodiversidad). En este punto del ciclo, la noche se extiende hasta su máxima duración para luego ceder ante el paulatino retorno de la luz. La naturaleza no es una espectadora de este cambio; la tierra está en un periodo de descanso tras la cosecha, e inicia un proceso de renovación que los pueblos originarios han interpretado y transmitido a través de los tiempos.

Históricamente, la observación de estos ritmos marcaba la diferencia entre la sobrevivencia y la muerte. Pueblos enteros florecieron en los albores del tiempo ajustándose a la naturaleza. Sin embargo, la actualidad nos ha desarraigado de estos ciclos; hoy nos rigen tiempos occidentales marcados por el estrés, que hacen de la salud mental algo tan mencionado hoy día.

La noción del tiempo para el pueblo Mapuche dista de la linealidad occidental. Wiñol Tripantu se comprende como un ciclo de renovación constante. El concepto mismo es revelador: Wiñol proviene del verbo retornar y Tripantu de la salida del sol. Una constante que tanto el mundo originario como el occidental esperamos día tras día. Resulta imperativo reflexionar: ¿Qué sería de nosotros en una tierra sin sol permanente o sin una naturaleza que se renueva? Cuidar la Ñuke Mapu es la única vía para asegurar que estos tiempos de retorno persistan.

Esta reflexión cobra relevancia en la Región del Biobío, territorio que ha sido testigo de una relación entre pueblos. Desde el establecimiento de la frontera entre el Imperio Español y el pueblo Mapuche en 1641, mediante las Paces de Quilín (único parlamento ratificado por la Corona Española con un pueblo originario), pasando por el Tratado de Tapihue con la República de Chile en 1825, los territorios aledaños al río Biobío se transformaron en espacios de encuentro. Hasta 1860, la frontera de Arauco no fue solo un límite militar, sino un lugar de diálogo, interculturalidad y un pujante comercio regional y extrarregional que trajo consigo los “siglos de oro” de la economía mapuche.

En aquellas épocas, era común que los funcionarios y comerciantes dominaran el chedungun (lengua mapuche) para ejercer la diplomacia y concretar acuerdos comerciales entre la sociedad occidental y la mapuche.

El desafío actual para nuestra región es recuperar ese empuje histórico. Mas que nunca es necesario posibilitar un diálogo intercultural genuino y un crecimiento económico basado en el respeto mutuo entre los habitantes del Biobío. El pueblo Mapuche ya es intercultural, pues vive su propia cultura y la occidental todo el año; la invitación es a que el pueblo chileno asuma una interculturalidad verdadera. Ser valientes y cruzar el Biobío para adentrarse en el entendimiento que posibilita el desarrollo de los pueblos.