
Javiera Godoy Herrera, Académica Medicina Veterinaria Universidad Andrés Bello, Concepción.
Aunque Chile recuperó su estatus sanitario en aves comerciales tras los brotes de influenza aviar altamente patógena de 2022 y 2023, la reciente detección en aves silvestres en la zona central del país confirma que el riesgo de reingreso sigue siendo una posibilidad concreta y exige mantener una vigilancia sanitaria activa.
Desde una perspectiva epidemiológica, la influenza aviar es una enfermedad de alta transmisibilidad, sin tratamiento específico en animales y con potencial impacto en salud pública. Su manejo requiere una mirada integrada bajo el enfoque de Una Salud, donde convergen la sanidad animal, la salud humana y el entorno ambiental.
En este contexto, el sistema de vigilancia liderado por el Servicio Agrícola y Ganadero ha permitido una detección oportuna y una respuesta coordinada. Sin embargo, la contención del virus depende en gran medida de lo que ocurre a nivel predial. La bioseguridad no es un concepto teórico, sino un conjunto de prácticas concretas que reducen el riesgo de ingreso y diseminación.
Evitar el contacto entre aves domésticas y silvestres es una de las medidas más relevantes, lo que implica mantener a las aves en espacios protegidos o con barreras físicas que impidan su interacción con fauna silvestre, especialmente en zonas de mayor exposición. Asimismo, el control de acceso a los predios es fundamental, lo que implica limitar el ingreso de personas, exigir el uso de ropa y calzado exclusivo, y mantener pediluvios operativos, con soluciones desinfectantes eficaces y renovadas regularmente.
La higiene debe ser constante y rigurosa. La limpieza diaria de superficies, equipos y utensilios, junto con su desinfección periódica, reduce la permanencia del virus en el ambiente. La adecuada disposición de aves muertas, el manejo correcto de residuos y el uso de agua potable o tratada son medidas clave para evitar la contaminación.
En la avicultura de traspatio, estas acciones adquieren especial relevancia. Proteger comederos y bebederos del acceso de aves silvestres, evitar la alimentación en el suelo, no compartir utensilios entre predios y restringir el ingreso de visitantes son prácticas simples, pero altamente efectivas.
La vigilancia pasiva, es decir, la notificación oportuna de aves enfermas o muertas sigue siendo un componente clave, que permite activar rápidamente los protocolos sanitarios y contener posibles focos.
El escenario regional refuerza la necesidad de mantener estas medidas, considerando la circulación del virus en países vecinos y su vínculo con rutas migratorias.
La influenza aviar sigue siendo un riesgo presente. Mantener la vigilancia, fortalecer la bioseguridad y sostener prácticas sanitarias rigurosas son fundamentales para reducir su impacto y enfrentar de mejor manera futuros eventos.
