Docente UST Temuco: El Ocio en Nuestro Día a Día

Javier H.Por Javier Huiliñir Curío
Licenciado en Filosofía, Diplomado en Pedagogía en Educación Superior.

Docente, Formación e Identidad
Universidad Santo Tomás Temuco

Quizás en algún momento de tu vida has escuchado, utilizado o pensado expresiones como las siguientes: “Comienza a hacer algo por tu vida y deja de estar ahí sentado sin hacer nada, como un completo ocioso”, o “los jóvenes de hoy no hacen nada por su vida, andan conversando y sacando la vuelta; son muy ociosos”.

Estas afirmaciones reflejan que el concepto de ocio no siempre es considerado algo positivo por algunas personas. Por el contrario, muchas veces se intenta erradicarlo de nuestra rutina diaria, insistiendo en que debemos evitarlo porque podría traer consigo flojera o pereza. Bajo esta mirada, las acciones que realizamos en determinadas etapas de nuestra vida deberían estar orientadas principalmente a la búsqueda de un trabajo u oficio que genere beneficios económicos y nos mantenga ocupados durante gran parte del día.

No obstante, y en contraste con esta visión, el pensador griego Aristóteles, en uno de sus escritos titulado Ética a Nicómaco, señala: “El objetivo del trabajo suele ser el sustento biológico, un objetivo que compartimos con otros animales. Pero el objetivo del ocio puede y debe ser el sustento de otros aspectos de nuestra vida que nos hacen singularmente humanos: nuestra alma, nuestra mente y nuestras relaciones personales y cívicas. Por lo tanto, el ocio se desperdicia si no lo utilizamos con un propósito”.

Esta reflexión tensiona la concepción de ocio que tenemos o que hemos construido como sociedad, pues para este filósofo no se trata de algo que debamos evitar. Más bien, plantea que el ocio puede y debe integrarse en nuestras acciones cotidianas. El ocio no es sinónimo de “no hacer nada”, sino una pausa consciente dentro de nuestra rutina que nos permite activar los sentidos, contemplar lo que nos rodea e incluso detenernos a observarnos y pensarnos a nosotros mismos. En ese ejercicio se despliega, justamente, un acto profundamente humano.

En este sentido, el ocio adquiere relevancia como un espacio necesario para seguir siendo personas que se dan el tiempo de mirarse, escucharse y dialogar sobre lo que están haciendo o lo que desean hacer, tanto a nivel personal como social.

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