La ciudad jardín que alguna vez disfrutamos, con amplias veredas que se extendían sobre los antejardines de casas y edificios abiertos, hoy se ve cada vez más obstruida por rejas y protecciones de bajo valor estético. Estos elementos, lejos de integrarse armónicamente, aparecen como la única respuesta frente a la inseguridad en lugares donde la acción de las autoridades aún no llega.
Hemos debido cambiar la sensación de amplitud y cortesía que ofrecían los jardines cuidados con esmero, por estructuras frías de acero que no buscan ser amables. La delincuencia no solo afecta en términos de seguridad, también transforma nuestros comportamientos y la ciudad en la que vivimos, incluso en detalles que podrían pasar desapercibidos, como estas nuevas barreras que se multiplican en calles y barrios.
Lo más preocupante es que la evidencia muestra que estas estrategias tienen un impacto casi nulo en la prevención del delito. Por el contrario, terminan reforzando la percepción de inseguridad y degradando la vida urbana. Una ciudad cercada deja de ser un espacio de encuentro para convertirse en un lugar marcado por el temor, lo que debiera llamarnos a repensar cómo enfrentamos este problema colectivo.
Juan Paulo Alarcón, director de Arquitectura UNAB sede Viña del Mar
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