Los incendios de gran magnitud que han golpeado recientemente al sur de Chile no pueden explicarse solo por el calor extremo, los fuertes vientos o la sequedad de la vegetación. Aunque estos factores climáticos crean un escenario altamente peligroso, el nivel de destrucción observado responde también a vulnerabilidades estructurales del territorio.
Así lo plantea un análisis desarrollado de manera conjunta por Nuria Chiara Palazzi, académica de Arquitectura del Campus Creativo de la Universidad Andrés Bello e investigadora especializada en incendios estructurales y riesgo urbano, y Rodolfo Valdivia, capitán del Cuerpo de Bomberos y líder del Grupo de Trabajo Operacional Forestal. El trabajo surge de una colaboración sostenida entre academia y Bomberos, orientada a comprender por qué ciertos incendios forestales escalan rápidamente hacia eventos urbanos de alta complejidad.
En regiones como Biobío, Ñuble y La Araucanía, los incendios se desarrollaron bajo condiciones climáticas extremas: altas temperaturas, baja humedad relativa, combustibles finos altamente deshidratados y vientos intensos. Estos factores favorecieron una propagación rápida y errática, reduciendo drásticamente las posibilidades de control en las primeras horas.
Sin embargo, el análisis advierte que la magnitud del daño no se explica solo por el clima ni por la causa de ignición, sea esta intencional o producto de negligencia. La experiencia acumulada en estudios previos en sectores urbanos como La Chimba y Yungay, en Santiago, muestra que el impacto del fuego está fuertemente condicionado por la configuración urbana y constructiva previa.
En comunas de interfaz urbano-forestal como Penco o Lirquén, la densificación no planificada, la cercanía crítica entre viviendas, calles sin estándar urbano y redes viales poco jerarquizadas generan condiciones de alta vulnerabilidad. Esta configuración facilita la transmisión del fuego hacia zonas habitadas y dificulta tanto la evacuación como el acceso de los equipos de emergencia.
En estos escenarios, la evacuación no es solo una etapa posterior de la emergencia, sino un factor estructural de riesgo. La ausencia de zonas previamente planificadas para acoger a la población evacuada, sumada a la alta dependencia del vehículo particular, genera congestión crítica desde las primeras fases del incendio. Esto no solo pone en riesgo a las personas, sino que también obstaculiza el trabajo de Bomberos en los puntos donde es clave frenar el avance del fuego.
Desde una escala territorial mayor, el análisis identifica otro elemento clave: el modelo forestal homogéneo, basado en extensas plantaciones de pino y eucalipto. Estas especies favorecen la propagación del fuego y aumentan su intensidad, especialmente cuando no existen franjas de transición ni áreas de amortiguación entre el bosque y las zonas urbanas.
La falta de cortafuegos efectivos en los bordes urbanos expone directamente a las viviendas, transformando la interfaz urbano-rural en un espacio crítico de riesgo.
Aunque instrumentos como el PLADECO y los Planes Comunales de Reducción del Riesgo de Desastres reconocen el incendio forestal como una amenaza prioritaria, el problema radica en la falta de articulación entre estos instrumentos y la planificación urbana.
“El Plan Regulador Comunal es el único instrumento con capacidad vinculante sobre el uso de suelo y la forma urbana, pero no incorpora el riesgo de incendio como un criterio estructurante del desarrollo”, advierte el análisis. Esto deja sin regulación efectiva aspectos clave que amplifican el daño cuando el fuego alcanza zonas habitadas.
A ello se suma la alta susceptibilidad de muchas viviendas, construidas con materiales combustibles, procesos de autoconstrucción y baja resistencia al fuego. En estos contextos, la propagación de incendios estructurales ocurre rápidamente, mientras que los sistemas urbanos —como grifos e hidrantes— resultan insuficientes frente a incendios de alta carga combustible, especialmente en sectores abastecidos por sistemas de Agua Potable Rural.
En estos escenarios, las estrategias de combate se vuelven necesariamente defensivas, priorizando la protección de vidas humanas por sobre la contención material.
El caso de Penco y otras comunas del sur evidencia una gestión del riesgo fragmentada: se ha avanzado en preparación operativa y respuesta a la emergencia, pero no en la transformación estructural del territorio.
Abordar los mega incendios exige una mirada integrada que articule clima, modelo forestal, uso de suelo, diseño urbano, tipologías constructivas y planificación de la evacuación. Solo así será posible evitar que incendios previsibles deriven, una y otra vez, en catástrofes de gran magnitud.
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