La respuesta a esta pregunta dice, puede encontrarse en las neurociencias, disciplina que ayuda a comprender y explicar la interacción del ser humano consigo mismo y con su entorno, teniendo como principal protagonista al sistema nervioso.
“Desde la neuropsicología, sabemos que este cambio de hora, particularmente el que ocurre al pasar del horario de invierno al de verano, donde “adelantamos el reloj” y comenzamos a convivir con más luz y más calor, no es un simple ajuste técnico. Es una intervención directa en los ritmos biológicos que regulan nuestro comportamiento, funciones cognitivas y estados emocionales”, explica el psicólogo.
Detalla que “el ritmo circadiano, nuestro reloj biológico interno, se ve forzado a reajustarse frente a la nueva exposición lumínica. Aunque podríamos suponer que más luz equivale a más energía o bienestar, la realidad es más compleja, la hiperexposición a la luz vespertina puede alterar la liberación de melatonina, dificultando el inicio del sueño y generando una sensación de agitación prolongada. Además, las altas temperaturas también exigen una adaptación fisiológica que puede traducirse en irritabilidad, fatiga o menor concentración”.
Por tanto, el académico afirma que es imprescindible anticiparse y acompañar este cambio de horario con estrategias neuropsicológicas simples, pero efectivas, claves para adaptarse con mayor éxito a este nuevo ciclo:
Aprovechar la luz matutina para “reiniciar” el reloj interno
Durante los primeros días del cambio de hora, exponerse conscientemente a la luz natural en la mañana, idealmente dentro de la primera hora después de despertar. Esta práctica ayuda al núcleo supraquiasmático (reloj maestro del cerebro) a sincronizarse con el nuevo horario y restablecer el ciclo vigilia-sueño.
Regular la temperatura y limitar actividades estimulantes al final del día
Con el aumento de la temperatura, es común que el sistema nervioso se mantenga en un estado de mayor alerta. Se debe procurar mantener la habitación ventilada y fresca, evitar las duchas muy calientes antes de dormir y reducir el consumo de cafeína después de las 17:00 horas. El cuerpo necesita un “freno fisiológico” para iniciar el descanso.
Establecer un “ritual de desaceleración”
El cerebro humano responde positivamente a la repetición de hábitos que anticipan el descanso. Crear un espacio libre de pantallas, con iluminación tenue y actividades de baja exigencia cognitiva (leer, escuchar música suave, practicar respiración consciente). Estos rituales ayudan a contrarrestar los efectos de la sobreestimulación vespertina que trae consigo el horario de verano.
“Aunque el cambio de hora busca aprovechar mejor la luz del día, su impacto en el funcionamiento cerebral y emocional no debe subestimarse. Comprender este fenómeno desde las neurociencias permite prepararnos y responder con herramientas que promuevan una mejor adaptación, protegiendo nuestro bienestar integral en cada estación del año”, expresa el profesional.
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