Durante décadas, los liceos emblemáticos se sostuvieron sobre una idea estrecha de calidad: selección temprana, alta exigencia y resultados medibles. El mérito fue entendido como filtro y la excelencia como competencia permanente. En ese camino, la formación integral quedó relegada a un discurso decorativo. Se exigió rendimiento sin preguntarse por el costo emocional, por la convivencia escolar fracturada o por la fragilidad de trayectorias educativas sometidas a presión constante. La escuela se transformó en un espacio de sobrevivencia académica más que de formación humana.
La evidencia internacional ha sido clara al advertir estos riesgos. La UNESCO ha señalado que los sistemas educativos centrados exclusivamente en el logro cognitivo erosionan el sentido democrático de la educación y debilitan la cohesión social (UNESCO, 2021). De manera consistente, la OCDE ha advertido que los modelos altamente selectivos tienden a profundizar desigualdades y a generar climas escolares tensionados, afectando tanto el aprendizaje como el bienestar estudiantil (OECD, 2023). Chile, sin embargo, persistió durante años en evaluar la calidad escolar con una sola vara: el puntaje.
Hoy, en un escenario político de transición, con la llegada de José Antonio Kast y un discurso que propone “recuperar” los liceos emblemáticos, el debate vuelve a instalarse. Pero la pregunta relevante no es si deben fortalecerse, sino desde qué concepción de educación. Volver a los liceos emblemáticos sin revisar críticamente su proyecto formativo sería insistir en una fórmula agotada. No se trata de nostalgia institucional, sino de responsabilidad pedagógica.
El MINEDUC ha avanzado en los últimos años en marcos que promueven la formación integral, el desarrollo socioemocional y las habilidades para la vida (Ministerio de Educación de Chile, 2023). No obstante, estos principios pierden fuerza cuando la presión social y mediática sigue midiendo el éxito educativo casi exclusivamente por rankings y resultados estandarizados. Así, la escuela queda atrapada entre lo que declara y lo que se le exige.
La caída del Instituto Nacional no es el fracaso de una comunidad escolar. Es el reflejo de una sociedad que confundió excelencia con selección y rigor con dureza. Tal vez el verdadero derrumbe no sea el del ranking, sino el de una idea de mérito que olvidó su dimensión humana. Recuperar los liceos emblemáticos no debería significar volver al pasado, sino atreverse a construir un modelo donde la exigencia conviva con el cuidado y donde educar vuelva a ser, antes que todo, un acto profundamente humano.
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